MISCELANEOS

El hombre y la tierra

El cacique Seattle, jefe de la tribu Suwamish del noroeste de los Estados Unidos remitió en 1855 una carta al presidente Franklin Pierce en respuesta a su oferta de comprar sus territorios.
En tiempos de alerta por la preservación del medio ambiente, traducida y, adaptada, la presento para compartir su belleza y su vigente mensaje. (Felipe de Lucio Pezet)
El Gran jefe de Washington manda comprar nuestros prados y nos asegura su fraternidad y bene-volencia. Eso es gentil de su parte, sabemos que él no precisa de nuestra amistad pero puede fiarse en lo que le dice el jefe Seattle con la misma certeza con la que puede confiar en el cambio de las estaciones.

Si no somos dueños de la pureza del aire o del resplandor del agua, ¿cómo entonces podríamos venderlos?. Cada parcela de este sitio es sagrada para mi pueblo. Toda hoja reluciente de pino, las playas blancas, el velo de neblina en la floresta obscura, un claro de bosque y todo insecto que zumba, son sublimes en las tradiciones y en la conciencia de mi pueblo. La savia circulando los arboles porta las memorias del hombre de la piel roja.

Somos parte de la naturaleza y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa, son nuestros hermanos. Las crestas rocosas, el zumo de las campiñas, el calor emanando del cuerpo de un potrillo, todos pertenecen a la misma familia. El agua brillante discurriendo por los ríos y riachuelos no es meramente agua, es la sangre de nuestros antepasados.

Si te vendemos la tierra, habrás de recordar que ella es bendita y así le enseñarás a tus hijos. Y al caer una hoja en la superficie límpida de un lago, verás abrirse orlas como un reflejo espectral, y en cada anillo podrás contar los eventos y las recordaciones de la vida de mi gente. El rumor del agua es la voz del padre de mi padre. Los ríos son nuestros hermanos, apagan nuestra sed, transportan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si te vendiéramos nuestros entornos, recordad y enseñad a los vuestros que los ríos son hermanos de todos.

Nuestros modos difieren de los tuyos. La visión de tus ciudades causa tormento a los ojos del hombre de la piel roja. No hay donde se pueda oír el desplegar del follaje en la primavera o el zumbido de las alas de un insecto. Pero tal vez así sea por ser yo un salvaje que nada entiende. ¿Y qué vida es aquella si un hombre no puede escuchar la voz solitaria de la garza o, de noche, la conversación de los sapos alrededor de un estanque?. Soy un hombre rojo y nada comprendo. Prefiero el suave susurro del viento acariciando la sobrefaz de un lago y el tenue olor del viento purificado por una lluvia de un mediodía oliendo a pino.

Si te vendiésemos nuestra tierra, habrás de recordar que el aire es precioso para nosotros, reparte su espíritu con toda la vida que generosamente sustenta. El viento dio a nuestro antepasado su primer soplo de vida, también recibió su último suspiro. Deberíais hacer de ella un santuario donde el propio hombre blanco pueda ir a saborear el viento endulzado con la fragancia de las flores silvestres.

Vamos a considerar tu oferta, pero pondré una condición: el hombre blanco deberá tratar a los animales de este suelo como si fuesen sus hermanos. ¿Qué es el hombre sin ellos?. Si todos los animales acabasen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, porque todo cuanto acontece  a los animales, luego le acontece a el.

Enseña a tus hijos que el suelo debajo de sus pies es la ceniza de sus abuelos y deben respetarla. Cuéntales que su riqueza es la vida de nuestros antepasados y diles aquello que les hemos dicho a los nuestros: La tierra es nuestra madre, todo cuanto la hiere ofende a sus hijos. Si los hombres escupen sobre ella, escupen sobre ellos mismos.

Una cosa sabemos: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre quién pertenece a ella. Todas las cosas están entrelazadas como la sangre que une a una familia. Todo cuanto agrede a la naturaleza, hiere a los hijos de ella. No fue el hombre quién tejió la trama de la vida, él es simplemente un hilo de la misma. Todo lo que él haga a la trama, a si mismo se lo hará. Si continuas ensuciando tu lecho morirás sofocado en tus propios desperdicios.

Te venderemos nuestra tierra porque sabemos que de no hacerlo lo tomarán por las armas. Cuando la tengan, ámenla como nosotros la amábamos. Nunca olviden de cómo era cuando de ella tomaron posesión. Consérvenla para sus hijos y ténganla al igual a como el firmamento nos tiene a todos.

DIARIO "GESTION", Lima 25 de abril del 2000


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